El caso de los chips de China de hace unos años, cuya escasez generó temor a que se pusiera en peligro toda la cadena de producción europea, es el mejor ejemplo de que la dependencia excesiva de la investigación e innovación extranjera puede ser contraproducente.
Europa no adolece de innovación, si bien el problema reside en que esa innovación no se está traduciendo en comercialización, afirma Coface; es decir, las empresas europeas deben ser capaces de convertir la innovación que crean en productos y servicios atractivos y realmente útiles para el público, de forma que puedan comercializarlos en...
